Sí, tú lo sabes y yo lo sé. Cuánto daño ha hecho Míster Darcy a tus expectativas hacia los hombres. Buscas a alguien que te acepte con todos tus defectos y que aguante tus ─muchos─ traumas pasados, que venga a salvarte cual caballero de brillante armadura de las garras de los monstruos y te diga todas las mañanas lo preciosa que eres a pesar de las estrías, tetas caídas, granos y de tu dulce carácter de mierda. ¿Pero estás dispuesta a hacer lo mismo? Porque para recibir primero hay que dar. Así es amiga. Y eso hoy en día suele ser lo que falla. Lo quieres todo fácil y cuando la cosa se pone mal, huyes como las ratas del Titanic.

Buscas recetas fáciles en internet para pasar el menor tiempo en la cocina y garantizar el éxito. Cuantos menos ingredientes mejor, cuanta menos preparación mejor, que así el riesgo de cagarla es menor. Y olvidas el placer de cocinar meneando las caderas al ritmo de Mr. Brightside y una buena copa de vino, de degustar ese plato que has hecho con tanta dedicación y que solo por eso te ha salido tan rico. Y lo mismo te pasa en las relaciones. Conoces a alguien. No a alguien común, sino a alguien especial, a alguien que te hincha el pecho. Por fin alguien que te trata bien, que tiene el mismo sentido del humor que tú, que te despierta interés por saber más de él y que te provoca las mismas ganas de pasarte la noche entera hablando de la Reconquista que de empotrarle contra una Kallax. Es ÉL. Pero un día algo se tuerce y Míster Perfecto cae desde lo alto del altar en donde lo habías puesto. Él también tiene sus monstruos y son más grandes y más fuertes que los tuyos. Y decides que ya no es ÉL. Ya no es todo perfecto y tú no quieres complicarte la vida, quieres rosa y brillibrilli, fuegos artificiales y confeti. Deja que te diga que un ingrediente no estropea la receta, lo estropea que no hagas nada por arreglarlo. Si le añades sal a la leche en vez de azúcar, puedes hacer bechamel en vez de natillas. Así de simple. No, no es perfecto, pero tú tampoco lo eres. Sí, de repente te das cuenta de que no es tan fácil, de que no todo va a ser con él un camino de rosas. Pero bonita, tú también tienes espinas. Y también pinchan. ¡Es ÉL coño! ¡Haz una lasaña! Aunque todos te digan que va a salir mal, que no corras RIESGOS, esa palabra que no le gusta a nadie. Si es bueno contigo, sabe distinguir «a ver» de «haber» y te hace llorar de risa, bien merece que tengas un poquito de paciencia con él y le des tiempo para librar sus batallas. Si es ÉL, volverá. Haz bechamel o croquetas, tú eliges, pero ni se te ocurra tirar la masa.

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