Ayer una amiga me contó que estaba empezando algo con un chico que le gustaba mucho. Ella, perra empoderada, diosa poderosa que cualquier hombre debería agradecer pisar el mismo suelo que ella pisa, pronunció unas palabras que hasta hace pocas semanas habrían despertado mi ira más que las votaciones de Eurovisión: hoy no le he hablado en todo el día porque si no va a pensar que me gusta DEMASIADO. Y tan pichi que se quedó. ¿Y qué hice yo? Quedarme callada. No podía decirle que no tenía razón.

Definitivamente hemos normalizado no demostrar nuestros sentimientos o, al menos, no DEMASIADO. Bien parece que vivimos en un mundo donde las relaciones humanas se han convertido en una especie de yincana, en la que solo llega a la meta el que consigue pasar todas las pruebas a las que es sometido dosificando las muestras de cariño sin ser objeto del más temido de los finales: el GHOSTING, también conocido como «se fue a por tabaco y no volvió». A mí definitivamente es un juego que se me da fatal. En cuanto a relaciones afectivas se refiere, más de una vez he tropezado con la misma piedra. Conozco a alguien que no me irrita ─cosa difícil─, poco a poco se va ganando mi confianza, le dedico toda mi atención, me preocupo porque sepa ─¿no se trata de eso?─ que es especial para mí, porque sí, soy de esas personas que todavía piensa que tienes que dar lo que recibes, de repente empieza a ignorarme más que al medio limón del fondo de la nevera y un buen día decide «irse a comprar tabaco y no volver». Pero lo que realmente me deja tocada no es el «ghosting físico», sino el «ghosting sentimental»: esa progresiva falta de interés y esa cada vez más palpable ausencia de muestras de cariño antes habituales y que de repente se convierten en esporádicas, mientras empiezo a analizar mentalmente cuál ha sido la causa de ese inesperado giro de la trama sin encontrar la respuesta; o ese día que de repente paso horas sin saber nada de él cuando antes hasta me hablaba sobre el medio limón de la nevera. El interés se ha esfumado, como lágrimas en la lluvia. Y entonces empiezo a entender que tengo que retroceder, ¿pero cuánto? ¡Oh, no! ¡Me he convertido en una tóxica! ¡Le he prestado DEMASIADA atención! Y digo yo, ¿dónde está la línea entre la toxicidad y una sincera demostración de cariño? Quiero decir ─a ver si alguien me ilumina en esto─ que si, por ejemplo, me escribe un mensaje, ¿soy tóxica si contesto a los diez segundos? ¿Cuántos segundos tienen que pasar para que me considere no tóxica? Uy, creo que este juego es muy complicado para alguien tan simple como yo.

Tal vez ─solo tal vez─ el problema no sea mío, sino de quien no quiere que le quieran, sino solo que le abracen. Porque, claro está, el querer es recíproco y cuesta trabajo, y en el mundo actual, en el que pagamos ocho euros por un pollo asado para no cansarnos metiendo al bicho en el horno y dándole a la rueda, solo interesa lo que sea fácil y no nos dé quebraderos de cabeza. Pero yo, en el mundo de los sentimientos reprimidos, del «ghosting» y del egoísmo puro y duro, elijo la toxicidad. Elijo querer a los que me rodean sin medida, cuidar los vínculos y preguntar una y mil veces «¿estás bien?». Y si no puedes soportar que te traten como a un rey, quizás es que no merezcas la corona.

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